Y no me crees cuando te digo que estoy perfectamente solo. No hablo de salud mental ni de las cuerdas relojes que alejo entre libros. Tampoco hablo de la culpa ni del dolor oscuro de las felicidades olvidadas, tan solo de la sonrisa que inventas en mi rostro cuando el rayo de luz entre por aquella ventana, tu mirada. Y te escribo para que me leas entre líneas, sin motivo alguno, descifrando qué entendemos por olvido. Y te pareces tanto al espejo que recurre a artificios psicológicos para no estar solo. He construido puentes en cada uno de los viajes que te inventas. Acordamos no escribirnos más y olvidar. Y fue el libro albedrío el que juntó nuestros labios y es la condición de infelices lo que nos hizo buscarnos, aquel desencuentro de dos indiferentes bajo la noche. Cumpliré con lo pactado, pero no me pidas que deje de escribir, al fin y al cabo nadie me lee con la insistencia de tu caricia.

Cuánto te fuiste

Todavía no sé decir cuánto te fuiste y si volverás cada vez que te escribo. Y tengo la voz en algoritmos y en vasos de datos, analizo la probabilidad de que regreses por aquella ventana o por el lugar donde te olvido, mientras el aire respira, y el agua intenta llover desde lugares imprecisos. Quizás el viento aprenda a respirar en cantos y colores y dejemos el tiempo para después,  y aprendamos juntos a emocionarnos hasta las palabras, aquellas gotas de felicidad nostalgia. Quizás así deje de preguntarme cuánto te fuiste.