Te vi en el vagón del metro. Te confundí con alguien más. Ni siquiera te dejé adiós. Mientras tanto, escribe. Sé, luego, el fragmento que anhelas, limpio y ligero, directo y pronto. Pediré un café y pensaré en la nieve.

En el rincón del desapego, fungiendo inocencia y emoción tardía. Llovía entre relojes de papel y esquinas repletas de niños, que desaparecían al grito de ¡caarro!.

Soñaba en silencio. Soñaba cómo revelar aquello que desconoce. Apenas si su mirada dejaba entrever una alegría, espontánea, y como cada una de sus sonrisas, efímera. A lo mejor tendrá mejor suerte cuando despierte.

Para alguien

Escribo una carta que no leerás. No prestes atención a las faltas ontológicas ni a los signos de interrogación, la mirada se pierde en el alfabeto esquivo de los fieles. La escribo en un café, en la estación del metro, una estación con nombre de mujer. Escribo porque sé que no habrá necesidad de olvidarnos. Aquí, el frío juega a hacer muecas macabras, mientras prendo un cigarrillo imaginario. El ruido del tráfico se confunde con el silencio de la soledad virtual, y uno termina pareciéndose a la nieve. Quisiera decirte que todos los dios pienso en ti, pero esta mañana tomé un solo de café de una boca alternativa, sonriente de saberse pasajera. Y en ese preciso momento que escribes que me lees, volteo la página; y despierto para ir a trabajar.

nunca fuimos suficiente ruido
hablábamos al oído a diario sin mirarnos
obligándonos a escuchar hasta la última vocal del orgasmo

es cierto que caminé a tu lado
caminé tan despacio
que me confundiste con alguien más

dejemos de gritar
tenemos mucho por andar
y mirar atrás, solo entorpece la sonrisa de mañana

ve pequeño detalle
aquí, lamentaré haberme ido sin desearte buenas noches