Mes: enero 2014

Invidentes

He visto a dos invidentes transitar la misma calle a una hora determinada, durante una semana. Iban en sentido contrario, pero estaban algo apartados el uno del otro, como para encontrarse. Tal vez oyeron el sonido de alguien más, alguien más puede ser cualquiera, no necesariamente otro invidente. Así pasaron en silencio. Un lunes de tardío despertar, ambos estaban en la misma calle, caminaban en sentido contrario y por alguna inexplicable razón se encontraban frente a frente. No se veían, pero quizás sentían o se sabían cerca. Dejaron que aquellos imaginarios arcos dibujados por los bastones los acerquen. Se escuchó un roce, sintieron el susurro de las maderas, luego, un golpeteo no violento los despertó de la rutina. Él y Ella. Encontrar otro bastón no sucede a menudo, pensó alguno de los dos, no me pegunten quién. Ambos se detuvieron y palparon en la oscuridad del día, sus manos abanicaron el vacío e intentaron acariciar la nada. Se oyó una especie de disculpa. Hicieron a un lado los bastones, no los necesitaban más, y se tomaron las manos con firmeza. El tacto es más que suficiente, al fin y al cabo, una caricia es otra manera de observar. Quisieron decir algo, el comienzo de una palabra terminó en un gesto indescifrable. Ambos, ancianos. Nadie los observó, ellos tampoco. Solo atinaron a sonreír, mientras las demás personas pasaban deprisa sin detenerse a mirarlos. De alguna u otra forma también somos invidentes, pensé. Ellos no dejaron de sonreír ni un instante.

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como alimento virtual

elijo quedarme a calentar tus pies

observo las fotografías de tu andar y me detengo

soy el mismo que piensa en los verdes relojes

y le sobra el tiempo para no pensar

como si de las palabras dependiera

y me dices que sí

que te encantaría leerme de cerca sin mirarte en el anverso

espero tu respuesta

no te pido tiempo ni celestes besos de metal

tan solo un café y una charla de bolsillo

las manos libres y es que no entiendo a las persianas

como alimento virtual

elijo quedarme a calentar tus pies

 

y después leerás algunos poemas

y te dirás quién soy

y me dirás quién eres que escribe bajo mi sombra sin saberlo

te preguntarás por qué la palabra y el silencio

y no este gesto envuelto en partículas desnudas,

nadie tiene una respuesta o quizás,

andamos días y días,

y luego culpo a la muerte

no es bueno que dejes el poema a mitad del renglón

partiré si es necesario, y dibujaré otros labios

dejaré un autismo y volveré con una taza de café

con un reloj absurdo y la voluntad de perderte sin haberte leído

igual que antes, como siempre en las mañanas, deprisa