Invidentes

He visto a dos invidentes transitar la misma calle a una hora determinada, durante una semana. Iban en sentido contrario, pero estaban algo apartados el uno del otro, como para encontrarse. Tal vez oyeron el sonido de alguien más, alguien más puede ser cualquiera, no necesariamente otro invidente. Así pasaron en silencio. Un lunes de tardío despertar, ambos estaban en la misma calle, caminaban en sentido contrario y por alguna inexplicable razón se encontraban frente a frente. No se veían, pero quizás sentían o se sabían cerca. Dejaron que aquellos imaginarios arcos dibujados por los bastones los acerquen. Se escuchó un roce, sintieron el susurro de las maderas, luego, un golpeteo no violento los despertó de la rutina. Él y Ella. Encontrar otro bastón no sucede a menudo, pensó alguno de los dos, no me pegunten quién. Ambos se detuvieron y palparon en la oscuridad del día, sus manos abanicaron el vacío e intentaron acariciar la nada. Se oyó una especie de disculpa. Hicieron a un lado los bastones, no los necesitaban más, y se tomaron las manos con firmeza. El tacto es más que suficiente, al fin y al cabo, una caricia es otra manera de observar. Quisieron decir algo, el comienzo de una palabra terminó en un gesto indescifrable. Ambos, ancianos. Nadie los observó, ellos tampoco. Solo atinaron a sonreír, mientras las demás personas pasaban deprisa sin detenerse a mirarlos. De alguna u otra forma también somos invidentes, pensé. Ellos no dejaron de sonreír ni un instante.

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