Mes: abril 2014

 

quizás el día

la lluvia

o el reloj

entes al despertar

desnudos

 

quizás los dos

en el renglón de arena

distantes al despertar

tan juntos

y alguna estación diciembre

 

la noche cae

como nieve sobre el landó

cuando

ignorantes de su belleza

respiran poemas

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Series humanos

 

Uno se levanta, toma el café, despierta, escucha música, y trata de buscarle sentido a las ocho horas de nada ni nadie interesante. El traje y corbata y la ausencia de luz por la mañanas. Todos van deprisa, carentes de sonrisas, series humanos, todos distantes sin mirarte a los ojos, con el malestar de la rutina en los buenos días, sus dedos acarician lo que parece ser el invento más impersonal de la vida social. Durante cinco días, intercambiamos la individualidad por una cifra en alguna cuenta bancaria. El fin de semana pasa con la violencia habitual de algún sueño como si la libertad de nuestras vidas se perdiera en caída libre, lo que queda es apenas media mañana de domingo, un almuerzo en calma con la soledad de otro libro, un televisor para nadie de un restaurante cualquiera, mientras el resto de los mortales intenta comenzar el día, a ellos no les está permitido madrugar en el fragor de la resaca y prefieren desayunar el almuerzo con abundante líquido.

La tarde se confunde con la noche, y el pasar de las páginas de un libro nos entretiene y nos hace tomar consciencia de que el ser humano puede amar y asesinar a otra persona con la misma facilidad que nos persigue nuestra sombra. La noche entra en escena y en la tienda de la esquina una señorita me da la espalda mientras busca una moneda, se podría decir que somos vecinos y que de seguro alguna vez nos hemos cruzado, vivimos lo suficientemente cerca como para realizar las compras en el mismo lugar y saludar a las mismas personas. Sin embargo, es la primera vez que la veo, se sacude el polvo de las rodillas y voltea con gracia juvenil, hace un gesto inocente y se acomoda los lentes, celestes retro. A veces, solo es necesario unos segundos para entender a una persona, para saber que la distancia de su mirada se debe al tipo que la espera afuera, que lo que ella busca no es una moneda sino ser feliz, para entender también que la encontraré en otro lugar con la complicidad de la luna y el ladrido de los perros a la distancia. La miraré unos segundos más y tal me busque en vano, confundiré su aroma con la brisa del mar, y querré encontrarla sin nadie a su costado.

y un par de cuentos van tomados de la mano

buscando palabras

son frágiles como el alegre recuerdo

y viejos como el tranquilo dolor

caminan cada vez más despacio

y sonríen a lo lejos

van tomados de la mano buscando palabras

Aquella ventana

solo sé que detrás de aquella ventana

miles de personas se levantan temprano

beben o no una gota de lluvia,

van de prisa, cruzan las calles,

compran cigarrillos y el almuerzo, mienten,

aunque los observe, soy alguno de esos miles,

y no me sirve de mucho la distancia de la palabra

ni el murmullo de la locura, y menos la melodia

que proviene también de aquella ventana

déjame cantar

déjame escribir del tiempo

rodear el calor de tu cuerpo

y entender la fragilidad del odio,

anciano moribundo, inmortal suicida,

y así cantar

entender un poco

no tengo prisa

escribiré hasta el otoño

y al amanecer despertaré

afuera el mundo se contiene de todo

y es tan grave como el tiempo

es tan solo un redoble de tambores

brotan de sus lágrimas amargos sollozos

y escupe hambre y cuerpos blandos,

a medianoche, entre vinos y amores,

el sol entra por mi ventana y lágrimas,

el sol o la luna de serpiente, cálidos,

en plena oscuridad de adioses breves

qué soy después de este encuentro

qué será de la niña que solloza alegremente

afuera, el mundo es otro cuerdo andante