Series humanos

 

Uno se levanta, toma el café, despierta, escucha música, y trata de buscarle sentido a las ocho horas de nada ni nadie interesante. El traje y corbata y la ausencia de luz por la mañanas. Todos van deprisa, carentes de sonrisas, series humanos, todos distantes sin mirarte a los ojos, con el malestar de la rutina en los buenos días, sus dedos acarician lo que parece ser el invento más impersonal de la vida social. Durante cinco días, intercambiamos la individualidad por una cifra en alguna cuenta bancaria. El fin de semana pasa con la violencia habitual de algún sueño como si la libertad de nuestras vidas se perdiera en caída libre, lo que queda es apenas media mañana de domingo, un almuerzo en calma con la soledad de otro libro, un televisor para nadie de un restaurante cualquiera, mientras el resto de los mortales intenta comenzar el día, a ellos no les está permitido madrugar en el fragor de la resaca y prefieren desayunar el almuerzo con abundante líquido.

La tarde se confunde con la noche, y el pasar de las páginas de un libro nos entretiene y nos hace tomar consciencia de que el ser humano puede amar y asesinar a otra persona con la misma facilidad que nos persigue nuestra sombra. La noche entra en escena y en la tienda de la esquina una señorita me da la espalda mientras busca una moneda, se podría decir que somos vecinos y que de seguro alguna vez nos hemos cruzado, vivimos lo suficientemente cerca como para realizar las compras en el mismo lugar y saludar a las mismas personas. Sin embargo, es la primera vez que la veo, se sacude el polvo de las rodillas y voltea con gracia juvenil, hace un gesto inocente y se acomoda los lentes, celestes retro. A veces, solo es necesario unos segundos para entender a una persona, para saber que la distancia de su mirada se debe al tipo que la espera afuera, que lo que ella busca no es una moneda sino ser feliz, para entender también que la encontraré en otro lugar con la complicidad de la luna y el ladrido de los perros a la distancia. La miraré unos segundos más y tal me busque en vano, confundiré su aroma con la brisa del mar, y querré encontrarla sin nadie a su costado.

2 comments

  1. La vacuidad de nuestras pequeñas existencias no pudo haber sido mejor expresada. Perdón que lo diga, pero lo único que me salva, al menos en mi caso, son los libros y el errático oficio de escritor. Todos tenemos que encontrar eso que nos devuelva a nosotros mismos, cueste lo que cueste. De lo contrario, nos veremos inmersos en la existencia de un serie humano. ¡Mil gracias por compartir!

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