Mes: junio 2014

poco importa el calor de la sombra, 
si la luz existe, no es nuestra
y es en vano mirar el gris de tu cuerpo
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solo busco palabras,

alguna excusa para jugar temprano y dormir tarde,

quizás un algoritmo, mas no un código de barro

creo en nadie

y jamás entiendo a las persianas

ando noches y días breves

y sueño

me detengo en mitad del fragmento y vuelvo en sí

el andar desestima todas las formas

y los vanos recuerdos mueren poco

 

te conocí una noche

parece que fuego ayer

y desde entonces

busco las formas grises de tu voz

y el cuerpo de tu nombre

ahora te observo

el tiempo me olvida

prefiero verte lejos

y nada más

y conocerte luego

porque aprendí a besarte

mientras te separabas de mi boca

conversaremos cada noche

nos separan

unas pocas bocanadas

y el ritual de tu suicidio tierno

La ranita

 

Duermes, mi complacida. Y veo

con qué perfección, equidistancia y malicia

se disponen en tu cuerpo tendido

tus yemas de gusto

concupiscente.

 

Ahora tus yemas están dormidas,

pero cuando están despiertas provocan muchas ocurrencias.

La que más provoca es tu ranita lúbrica

llamada clítoris.

 

(Entre las hojas de los trópicos

he visto ranitas coloradas, miniaturas

de carne húmeda

que se contraen o se adelgazan

y nadie las comprende

porque son temperamentales

como las muchachitas humanas.)

Tu ranita no late contigo, tiene vida propia

pero no puede deleitarse sola.

La desmesura de su deseo

haría estallar su minúsculo cuerpo. Necesita

extender su gozo

en un cuerpo grande como el tuyo,

y así sobrevive,

convidándote placer.

 

Antes de tu sueño

viene siempre un ángel plumado y casto

que peina tu piel y censura

a nuestra ranita.

Es que nadie la comprende.

Solo yo.

 

José Watanabe. Cosas del Cuerpo (1999).

Poesía Completa. Prólogo de Darío Jaramillo Agudelo.

Colección La Cruz del Sur. Editorial Pre-Textos (2008).