En el rincón del desapego, fungiendo inocencia y emoción tardías. Llovía entre relojes de papel y esquinas repletas de niños, que desaparecían al grito de ¡caarro!, para volver a reanudar la batalla interminable. Batalla que carecía de escudos y espadas, y solo requería de pies descalzos, y de algún objeto fingiendo ser un balón.

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